Saliendo de la zona de confort: ¿cómo influye la ansiedad?

Por Lic. Ma. Elisa Lacace Pérsico

En nuestra cultura hay una idea de la persona ansiosa como alguien con dificultad para adaptarse a los tiempos de espera, que busca alcanzar lo que quiere “cuando lo quiere” y que se adelanta a los hechos de manera casi impulsiva. “Todo ya”, como una imperiosa necesidad de obtener resultados al instante. No obstante, desde la mirada clínica, nos referimos a una persona con estas características como alguien impaciente que buscar acelerar los tiempos, mientras que la ansiedad es algo diferente.

Hay una estrecha relación entre la ansiedad y el miedo. Mientras que éste es la respuesta que se activa cuando el peligro es inminente, en la ansiedad se pone en juego una cuestión anticipatoria: es ser conscientes del peligro a priori, en ausencia del mismo.

Este antiguo mecanismo que sirvió para la supervivencia de nuestra especie desde tiempos prehistóricos, sigue activándose actualmente frente a posibles “peligros” de la modernidad. Entre estos últimos, podemos pensar ejemplos como el de ser reprendido por una figura de autoridad, despedido del empleo, reprobado en un examen, burlado en público o rechazado por el ser amado. Podemos también pensar otros peligros como el del temor a contraer una enfermedad, el fallecimiento de un ser querido, o inclusive el propio. Esto nos lleva a concluir que la ansiedad ha sido de gran utilidad para la preservación de la especie: no transitamos zonas peligrosas de una ciudad a las 5 de la mañana, no nos exponemos a situaciones donde podríamos salir lastimados (física o emocionalmente), los padres del adolescente piensan dos veces o buscan recabar mayor información antes de autorizar a su hijo para salir de noche con sus amigos.

Ahora bien, también es cierto que la ansiedad en nuestra sociedad tiene muy mala prensa. Ocurre que, cuando se vuelve excesiva, pierde su tinte de utilidad y se convierte en un obstáculo. Pensamos las cosas miles de veces, nos falta coraje para tomar determinaciones o exponernos a escenarios temidos, evitamos situaciones que nos puedan poner nerviosos o que “nos quiten de la zona de confort”. Buscamos tener el control de todo, para asegurarnos de no ser sorprendidos por ningún imprevisto. Es aquí donde nos convertimos en buscadores de seguridad: nos aterra tomar decisiones o embarcarnos en experiencias donde no tenemos garantías y sentimos que corremos riesgos.

Son muchas las personas que tienen temor a los cambios, y esto suele ocurrir en tanto más elevada es nuestra necesidad de control. Cuando nos manejamos en terrenos familiares conocemos su funcionamiento, sus detalles, sabemos qué esperar, cuáles pueden ser las dificultades características, sabemos a qué nos enfrentamos. No obstante, cuando nos encontramos en situaciones que tienen un componente de incertidumbre porque su resultado no depende en un 100% de nosotros, dudamos de nuestras herramientas para sobrellevarlas. Cada vez que encaramos un escenario nuevo estamos poniendo a prueba nuestros propios recursos y capacidad de improvisación. Sin embargo, en vez de poner el foco en ello, tendemos a ponerlo afuera, pensando “¿cómo será? ¿cómo resultará? ¿qué pensará?”. Nos metemos en esa inagotable búsqueda de certezas y garantías, que nunca llegan.

Lo que ocurre es que, cuando somos ansiosos, tendemos a sobreestimar el peligro y a desestimar nuestros propios recursos. En el trabajo con el terapeuta, se busca llevar este dilema a un punto de equilibrio: ¿es realmente tan riesgoso? ¿qué tanto confío en mis recursos? Se trabaja con las propias distorsiones, aceptando a su vez que el nivel de ansiedad nunca será cero, y que parte de vivir consta de un aprendizaje: que pocas veces hay garantías, y que crecer implica tolerar la incertidumbre.

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