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Emociones

Las mujeres no lloran, las mujeres facturan

Por Lic. María Elisa Lacace Pérsico

Son muchas las cosas que se dicen en nombre del empoderamiento femenino. Se habla de la mujer trabajadora, la profesional, la emprendedora, la de los negocios; la mujer que elige no seguir el mandato social de la maternidad, la que se revela frente a las imposiciones de una sociedad todavía condicionada por la mirada machista. Siguiendo esta línea, ¿qué ocurre con la manifestación del dolor causado por el desamor?

Hay un hecho que se ha vuelto viral a nivel internacional en los últimos días; se lo debate en las redes sociales y aparece en los portales de noticias: una famosa cantante lanzó su último sencillo, dirigido a su ex pareja y tras una belicosa separación.

Muchas personas lo toman casi como un himno del reposicionamiento social femenino por el cual se viene luchando tanto en los últimos años, pero, ¿desde qué punto de vista? ¿El de la mujer que no “pierde el tiempo” en llorar al amor perdido, o desde el de la mujer empoderada que “factura” y se sostiene sola? Es importante subrayar que estas dos variables no tienen relación entre sí: puedo transitar mi duelo entre lágrimas mientras mantengo una independencia económica, así como también puedo disociarme de mi dolor y a la vez carecer de los recursos para generar mi propio sustento. En su manifiesto, la cantante vincula estas dos variables de manera arbitraria.

He leído varias opiniones en las que desde un enfoque feminista se critica a la artista por referirse a la facturación como un emblema del empoderamiento: “no todas pueden facturar, muchas están sin trabajo o en situación de precarización laboral” dicen. Ahora bien, más allá de este punto, me toca a mí como trabajadora de la salud mental agregar un paso hacia otra cuestión: ¿acaso el empoderamiento pasa por no llorar? ¿Qué ocurre con la experiencia emocional?

Es importante no perder de vista la situación de aflicción que se está transitando: la desilusión, el proyecto interrumpido, la confianza quebrada, la profunda tristeza por la decepción y la sensación de traición. Y aún en los escenarios donde es uno mismo quien decide terminar la relación, también se trata de un proceso de duelo. ¿Qué hacemos con ese dolor? ¿Desde qué punto de vista es mejor “no llorar”?

Hacer lugar a nuestro padecimiento es una manera de reconocer que está allí: lo transitamos, le damos entidad, le damos validez. Validarlo es reconocer lo doloroso de nuestra experiencia interna y aceptarla. Se trata de una mirada amorosa hacia nosotros mismos a través de la cual nos decimos: «te han lastimado, es entendible que te sientas así». Así, nuestras emociones toman otro valor, tienen una razón de ser, las estamos aceptando y nos permiten ver con claridad cómo nos afecta lo que ocurre a nuestro alrededor. Podemos tomar mejores decisiones. Negar la emoción o impedir su manifestación, nos vuelve más vulnerables. Esto no significa que debamos quedarnos detenidos en nuestro malestar o hundirnos en él; pero negarlo o impedir su manifestación no sólo lo amplifica, sino que nos vuelve más débiles.

Por ende, partir de la concepción de que llorar es para los débiles, no sólo incrementa nuestra vulnerabilidad, sino que nos puede llevar a lugares oscuros donde terminemos tolerando situaciones que en realidad nos hacen daño. Nada más alejado del empoderamiento. Las emociones aportan información muy valiosa sobre nuestra interacción con el medio. Reconocerlas, validarlas, aceptarlas y transitarlas nos permiten tomar decisiones que mejoran, sin dudas, nuestra calidad de vida.

Lejos de sumarme a la crítica hacia «la mujer despechada que hace dinero exponiendo a su ex» e independientemente de las decisiones que tome la artista a partir de su dolor, la intención de este escrito es tomar sus palabras como disparador para pensar y alertar sobre el costo de negar las propias emociones.

Después de todo, las mujeres que lloran, transmutan.

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