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COVID-19,  Depresión

Pandemia 2020: la reinvención de los motivos

Por Lic. María Elisa Lacace Pérsico

 

Al inicio del aislamiento social, preventivo y obligatorio de la ciudad de Buenos Aires, había una euforia generalizada con el espíritu de paliar la situación que duraría 15 días. ¿Qué nos ocurrió internamente conforme esta medida continuó sostenida en el tiempo?

En un principio, todos estábamos comprando ingredientes para cocinar en casa. Las reuniones por zoom estaban a la orden del día, también el uso de servicios de streaming; hemos visto todas las películas y series existentes a la fecha (y las que no existían también). El horario de sueño, fue gradualmente quedando diferido: las 10 de la noche eran ahora las 2 de la mañana, y “trasnochar” era conciliar el sueño cerca de las 4 de la madrugada. Ya no sabíamos cuándo era lunes, cuándo era jueves, apenas podíamos dar cuenta del horario en el que estábamos. Esta situación que retrato con lo acontecido en la ciudad rioplatense también ha tenido lugar en muchas otras localidades del país, así como en otros lugares del mundo.

A medida que este decreto se fue extendiendo a lo largo de los meses, lo novedoso de este escenario comenzó a decaer, dejando a la vista estados de ánimo de lo más variados. Muchas personas perdieron su empleo o sufrieron cambios en las condiciones; otras pasaron por la pérdida de un familiar cercano. Por otra parte, entre los ciudadanos se fueron afirmando diferencias ideológicas entre quienes estaban a favor de la cuarentena obligatoria y los que no. Ahora bien, ¿qué es lo que fue ocurriendo con nuestra experiencia interna?

En el consultorio virtual escuchaba palabras que nacían del aburrimiento, la apatía, el desaliento y el hartazgo. Palabras de duelo por haber perdido el rol que tenían en la oficina o en los lugares de trabajo. “Allí tenía un intercambio con mis compañeros, un lugar valorado…me sentía reconocida”. La cuarentena obligatoria estaba arrasando con algo fundamental en la vida de las personas: las motivaciones.

Cuando pensamos en el significado de la motivación, podemos enlazarlo con la alegría, el estímulo o lo que sentimos internamente cuando visualizamos algo alentador. Es aquello que ocurre cuando tenemos ganas. La pandemia del COVID-19 nos ha hecho protagonistas y testigos de algo siniestro: cómo vivir en un estado de aislamiento social puede arrancarnos ese valioso motor personal. Nos lleva a preguntarnos por la función vital de las actividades que ya no podemos llevar a cabo. Nos conduce a un oscuro viaje interior lleno de preguntas acerca de nuestros objetivos, incentivos y hasta el mismo sentido de nuestra existencia.

Desde la perspectiva del conductismo, se sabe que llevamos a cabo acciones en función de las consecuencias que obtenemos a partir de ellas. Hablamos de “reforzador” cuando nos referimos a una consecuencia que buscamos repetir, por lo que aumentaremos la frecuencia de nuestras acciones para generarla. Es esto lo que tiene que ver con las ganas, con la motivación: un reforzador implica, en algún punto, una ganancia. Maquillarse, afeitarse, ir a la peluquería, vestir bien y hasta incluso bañarse, son acciones que generan consecuencias favorables: nos vemos bien, nos sentimos limpios, muchas veces recibimos comentarios agradables. Reunirse con familiares y amigos, ir a una fiesta, asistir al club los fines de semana, realizar algún deporte, ir al cine o a museos, viajar y hasta el trabajo mismo son sólo algunas de las muchas actividades que pueden producir bienestar a las personas. Nos sentimos bien afectivamente, nos divertimos, nos distraemos, nos empoderamos, intercambiamos con otros, estamos al aire libre, nos sentimos productivos. Son estas consecuencias que podríamos llamar “reforzadores”, dado que insistiremos en esas actividades para volver a conectarnos con esa sensación placentera, encontrando allí los motivos.

En relación a esto, lo que la situación sanitaria por la proliferación del COVID-19 produjo es una pérdida de contacto con los reforzadores: al tener limitaciones en nuestro accionar, perdimos contacto con lo satisfactorio de las consecuencias. Encontramos aquí no sólo un enorme desaliento, sino también la puesta en juego de cuestiones existenciales: ¿cuáles son los pilares fundamentales de mi vida? ¿Qué cosas la vuelven valiosa? Estos interrogantes encuentran su cumbre en el caso de las personas cuya profesión u ocupación quedó puesta en jaque por la pandemia, como ser el caso de artistas o actividades relacionadas con el turismo.

¿Cómo hacemos entonces para no deprimirnos? Es fundamental construir reforzadores dentro de las actividades que sí están a nuestro alcance. ¿Qué era lo que encontrábamos en ese escenario que ahora no podemos hacer realidad, y qué nos hacía sentir? ¿Podemos recrear algo de esa sensación en otras cosas?

“Que esta sala de espera no quite tus esperanzas ni mucho menos tus motivos”…me imagino a Joaquín Sabina mientras parafraseo su canción. Si bien las medidas tomadas frente a la presente pandemia se tratan de una cuestión temporal – que nadie sabe cuándo va a acabar – ¿qué hacer mientras tanto? La propuesta es reconstruir las motivaciones, enlazarlas con otras actividades, aun cuando el nivel de bienestar pueda no ser el mismo. Algunas tareas, por nimias que puedan parecer, ayudan haciendo una diferencia. Para algunas personas es más sencillo ponerse en contacto con ellas, para otras puede ser un desafío enorme, pero no imposible. Retomar asignaturas pendientes, hacer actividad física, mantenernos activos, suelen ser generadores de bienestar, y por ende, reforzadores. La psicoterapia puede ser una guía para encontrar el aprendizaje que se ofrece en cada escenario, y el COVID-19 no es la excepción. Reflexionar y reconectarnos con nuestros objetivos vitales, motivaciones y (re)encontrarnos con nosotros mismos es la clave de este escenario.

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