¿Hasta qué punto podemos cambiar?

Por Lic Ma. Elisa Lacace Pérsico

A menudo nos cuestionamos sobre la posibilidad de generar cambios en nosotros mismos. Suelen ser muchas las posturas: están quienes afirman que alcanzada cierta edad ya no es realizable, quienes sostienen que “si se quiere, se puede”, y cuántas veces hemos llegado a oir el conocido proverbio “hierba mala, nunca muere”.

En un individuo, ¿son posibles los cambios de ciertos rasgos de personalidad? En caso afirmativo, ¿esto queda limitado solamente a los años más cercanos a nuestra infancia, en donde somos más flexibles, o puede lograrse aún más allá de esta primera etapa del desarrollo? ¿Tiene sentido, por ejemplo, sugerir psicoterapia a una persona añosa?

Sabemos que de niños somos mucho más “moldeables”; a través de los años vamos construyendo nuestra realidad. Algunos autores hablan de conductas que se van estableciendo como resultado de intercambios con el entorno; otros hablan de la constitución de “esquemas”, siendo estos patrones que se desarrollan durante la infancia o la adolescencia y que involucran recuerdos, emociones, cogniciones y sensaciones corporales, relativos al sí mismo y a las relaciones interpersonales. Vamos constituyendo creencias sobre nosotros mismos y sobre los demás, sobre el mundo. Aquí juegan un rol fundamental los factores psicosociales, la interacción con nuestro entorno temprano y los valores allí venerados; así como el vínculo con quienes fueron nuestras primeras figuras de apego. A su vez, sabemos que nuestra personalidad no sólo depende de eventos tempranos, sino también de los que puedan tener lugar en las etapas posteriores. Cada cambio o evento significativo implica una situación de aprendizaje que nos invita a ser flexibles y al desarrollo de nuevas habilidades (en el mejor de los casos). También los sucesos relacionados con el trauma o con un grado de estrés muy elevado, que si no son abordados de manera adecuada, pueden ejercer un impacto muy negativo en nuestra persona y generan abrumadores condicionamientos. Se puede agregar que cada vez que pensamos o accionamos, establecemos circuitos en el sistema nervioso, que a medida que se repiten se van volviendo más rápidos y automáticos. Por ende, cuantos más años llevemos ejerciendo una conducta o procesando información de una determinada forma, mayor será la tendencia a repetirla, manifestándose de una manera casi automática y espontánea.

Ahora bien, cuando uno tuvo un modo de ser durante toda su vida, fue criado de determinada manera, asumió un rol (“yo soy así”, “los demás me ven así”, “mi lugar es…”), y construyó un personaje al que se aferra a pesar del malestar que pueda ocasionarle, ¿tiene manera de modificarlo, o de alguna forma ya se encuentra “preso” de su propia trayectoria? ¿Siempre escribimos nuestra historia, o llega un punto en el que nuestra historia continúa escribiendo por nosotros?

Claro está que cuando se trata de un modo de ser que sostuvimos a través del tiempo, el trabajo que hagamos en una psicoterapia para poder modificarlo también será más prolongado, porque implica transformar conductas, hábitos y pensamientos que tuvimos incorporados durante años (aunque puede haber escepciones cuando se trate de cuestiones específicas que respondan a intervenciones más breves). No obstante, esto no hace imposible la tarea.

El primer paso es poder abstraernos de las situaciones y observarnos a nosotros mismos en nuestro accionar. Identificar cuáles son los aspectos de nuestra personalidad que nos representan una limitación. Muchas veces, sin darnos cuenta, nos ocasionamos más sufrimiento por mantenernos inflexibles a la hora de enfrentar las vicisitudes y los desafíos de la vida. Una vez identificado el punto problemático, la pregunta que debemos hacernos es: ¿queremos realmente modificarlo? ¿Esconde alguna ventaja sostenerlo? ¿Cuánto padecimiento implicaría continuar así? Si la conclusión arribada es que estamos decididos a generar un cambio, el paso siguiente es ponernos manos a la obra, pensar hacia dónde queremos ir y qué vida queremos tener. No siempre es una tarea sencilla, dado que implica salir de la “zona de confort”, y la consulta con un especialista suele ser clave, puesto que en muchas ocasiones repetimos el mismo accionar que buscamos erradicar, sin darnos cuenta.

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