Preocupación a tu medida

Por Lic Ma. Elisa Lacace Pérsico

En mis escritos anteriores abordé distintas cuestiones psicológicas que influyen sobre nuestra vida y nuestra manera de ver el mundo. En esta ocasión, le llega su turno a la dama que nos acompaña cada vez que tenemos algún asunto candente que todavía no hemos podido resolver: la preocupación.

¿Qué lugar ocupa en nuestras vidas? Reflexionemos sobre cuál es nuestro diálogo interno en los momentos en que estamos solos, mientras estamos ocupados con algo, o dirigiéndonos hacia algún sitio. ¿A dónde se va nuestra cabeza? ¿Estamos con la mente presente en lo que estamos haciendo? ¿Qué pensamientos suelen aparecer?

Si nos detenemos a pensar sobre la palabra “preocupación”, podemos ubicar el prefijo “pre” indicando una anticipación, una instancia previa; y el componente “ocupación” referido a la acción de estar ocupado. Siguiendo esta línea, al preocuparnos nos estamos “ocupando” de un asunto de manera anticipada, es decir, en ausencia del mismo. Cuando esto ocurre, estamos quitando el foco del momento presente.

Ahora bien, ¿sirve estar preocupado? ¿No es gracias a esta función de nuestro cerebro que podemos resolver problemas?

Así como en otros textos hice alusión a la mala prensa que suele tener la ansiedad en nuestra cultura, aquí me vuelco a lo contrario: encontramos por lo general una sobreestimación de la preocupación. Es esa idea de que el hecho de pensar, pensar y pensar sobre aquello que queremos resolver y acapara nuestra atención nos puede conducir a alguna conclusión adicional, alguna idea extra. Como si ello nos volviera más resolutivos y funcionales. Algunas personas hasta pueden tomarla como un indicador de cuánto nos importa un asunto, como si la preocupación y nuestro interés por el mismo fuesen directamente proporcionales.

La previsión es sumamente útil en muchos contextos: desde algo mínimo como organizar una agenda hasta las precauciones necesarias para prevenir percances o accidentes. No obstante, cuando la misma se traslada a todo, nos genera esta tendencia a inquietarnos antes de tiempo.

Cuando la preocupación funciona de manera desmedida, se convierte en un mecanismo cognitivo que nos consume gran parte del tiempo diario. Al alcanzar este extremo, funciona en paralelo con nuestro accionar, abarcando gran parte de nuestra capacidad atencional. Por ende, nos cuesta reparar en lo que estamos haciendo; aparecen olvidos frecuentes y dificultad para atender lo que ocurre a nuestro alrededor. Nuestra mente queda tan tomada por ella que pasamos a estar “desconectados”. Y aquí se suma una desventaja: en esta desconexión del momento presente, podemos pasar por alto elementos u oportunidades que quizá sí puedan ser útiles para resolver el problema objeto de nuestra preocupación.

Pero entonces, ¿qué hay de “preocuparse” como un modo de ser más responsable o consciente de los propios problemas?

Preocuparse no necesariamente nos hace más resolutivos o responsables. Resolvemos cuando nos ocupamos, y para ello necesitamos estar atentos al contexto, siendo conscientes de los recursos disponibles y de cómo hacer uso de ellos de manera estratégica.

Si bien a veces la preocupación puede ser productiva, pasa a ser problemática cuando funciona de manera desmedida, dejando de ser útil y generando gran malestar. Si este mecanismo se sostiene en el tiempo, se va instalando una tendencia casi automática, resultando en un estado crónico de ansiedad.

¿Qué hacer cuando notamos que tenemos una marcada propensión a preocuparnos?

Si llegamos a notar esto, el primer paso será observar cuándo entra en funcionamiento. A su vez, será fundamental tener la flexibilidad suficiente para poder cuestionar su utilidad, diferenciando así la preocupación productiva de la improductiva. Si se trata de la primera, convendrá ocuparnos de la situación a resolver con lo que esté a nuestro alcance, y/o con lo que podamos hacer para ponerlo a nuestro alcance. Pero cuando no sea posible hacer algo, la búsqueda será la de llevar el foco atencional a otras cuestiones.

En los momentos donde sintamos que nuestra cabeza “no puede parar”, serán de gran ayuda el ejercicio físico, así como actividades que sean sumamente valiosas y atractivas para nosotros pero que a su vez requieran de especial concentración para su ejecución. Aquí no se trata de “tratar de no pensar” o de obsesionarse con la idea de “no debo preocuparme” sino de encauzarnos en una tarea distinta para poner un corte al espiral de pensamientos ansiosos tan característico de la preocupación.

El tratamiento con un terapeuta cognitivo conductual será de gran ayuda, con el fin de identificar nuestro estilo de pensamiento, nuestros sesgos y qué cuestiones mantienen nuestra preocupación, aunque no nos demos cuenta. Por medio de un trabajo conjunto entre terapeuta y paciente, se busca trasladar la mirada puesta en el contenido de la misma hacia aquello que subyace a la tendencia a preocuparse. Se desarrollan perspectivas que nos quitan de este mecanismo, fomentando un modo de pensar más equilibrado. Vamos incrementando la confianza en nuestra propia resolución de problemas y capacidad de improvisación, así como la propia seguridad para asumir retos futuros. Si las veces que surgieron dificultades en nuestra vida pudimos resolverlas, ¿para qué preocuparnos?

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